Miopes

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martes, 27 de septiembre de 2011

Polina, de Bastien Vivès

Bastien Vivès sigue con la etiqueta de niño prodigio del cómic francés. Cada obra suya es esperada con ansia creciente, esperando que vuelva a enseñarnos nuevas formas de narrar historias. Historias cotidianas, cercanas, no hay lugar para la fanfarria o la fantasía desatada aquí. Y sin embargo están llenas de poesía (urbana, eso sí), emociones cotidianas. Ya comenté en una entrada anterior sobre El gusto del cloro, una historia tan común y "poco especial" que resultaba emocionante el poder disfrutar de detalles tan cercanos. 
Ahora, Vivès nos trae Polina, publicado en España por Diabolo Ediciones, en una edición tan bien cuidada como siempre en esta editorial madrileña. La original se puede encontrar en la francesa Casterman. Polina es una niña que ingresa en la Academia de Baile del señor Bojinski, conocido por su dureza y su visión ortodoxa del ballet clásico. El personaje de Polina tiene el nombre los bellos rasgos de la bailarina rusa Polina Semionova, nacida como el autor en 1984. Polina tiene una fantástica disposición para la danza, pero la rigidez del sistema de Bojinski, heredero directo de la extrema perfección de la antigua URSS, le hará plantearse su futuro. Seguiremos a Polina a lo largo de su vida académica, como se va formando en distintas escuelas, además de sus encuentros y desencuentros amorosos. Bojinski se convierte en un pilar básico de su formación aunque no pueda entenderlo en un primer momento. Incluso cuando el camino que Polina Oulinov vaya por la contemporánea y las enseñanzas de su viejo profesor queden ancladas en el pasado como algo lejano pero imprescindible. Las últimas viñetas son extremadamente sensitivas.


Una de las características que tenía El gusto del cloro era la perfección de los movimientos (en aquel momento era la natación), quizás el dibujo no era del todo claro e incluso se veía difuminado, pero se entendía perfectamente el movimiento del personaje, con todo detalle. Aquí tenemos mucho más, la danza en todo su esplendor. En los agradecimientos, Vivés habla de las clases a las que pudo asistir. Fue un magnífico observador, a tenor de la fantástica meticulosidad que emplea para dibujar el cuerpo en movimiento. Su estilo minimalista (en muchas ocasiones, tan solo percibimos las  figuras de los bailarines) transmite una emoción sin distracciones. Luego también refleja el dolor, la tranquilidad del gesto de Polina contrasta con el dolor que sufre su cuerpo en los ensayos (los profanos en la materia ya habíamos visto algo así en Cisne negro este año). Puede que no te guste o nunca te hayas interesado en la danza clásica, visto que la contemporánea es lo que está mandando en estos días, pero no puedes evitar dejarte llevar por el torbellino de sensaciones que quiere transmitir Vivès. No hay lágrima fácil ni mucho menos, de hecho se le podría tachar de frío en algunos momentos, en muy pocas ocasiones se deja llevar por una gran pasión, que solo se deja entrever en ciertos momentos. Es el recorrido vital de Polina, su crecimiento de niña a mujer. Hay un momento especialmente brillante al final de la historia: Polina llega a su antigua academia como una artista consolidada, las niñas se arremolinan junto a ella para poder aprender, necesitan verla y levantan las manos de forma incontrolable pues es tal el deseo de estar junto a su ídolo. Luego está la entrevista con el viejo profesor Bojinski, siempre con gafas y barba, de repente en un ligero movimiento de esas gafas podemos apreciar como su pelo ha encanecido, al igual que su característica barba. Pasamos de la imagen idealizada de Polina a la real del paso del tiempo. Sublime. Sólo puedo recomendar esta historia, leedla con paciencia, disfrutando de cada detalle, y luego volved a leerla porque necesitaréis acompañar a Polina una vez más. Muy emocionante.





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