Miopes

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sábado, 12 de marzo de 2011

Escena costumbrista en Arles con cantautor quebequés al fondo

Este pasado fin de semana y aprovechando el puente que se nos daba por el carnaval, a unos pocos privilegiados eso sí, mi pareja y yo nos fuimos hasta la localidad francesa de Arles o Arlés, declarada Patrimonio Mundial de la Humaniddad por la UNESCO allá por 1981. Sin duda, esta pequeña ciudad cerca de Marsella, de gran importancia arqueológica y con un cuadro verdaderamente famoso que suele llevar su nombre (La chambre à Arles, de Van Gogh) merece la pena que se le eche un vistazo. Sus 36000 habitantes son de lo más variopinto y el lugar en genreral destila tranquilidad, mucho más que las cercanas Nîmes o Avignon.
El motivo de mi visita era el poder ver a un viejo amigo francés que lleva viviendo allí ya una serie de años, creo que cinco. Mi amigo era profesor de Arte en la Universidad Lille 3 de Lille, pero una serie de cambios en su vida le hicieron volver a su Bouches du Rhone natal, la provincia de Marsella, de donde él es original. Pero en vez de volver a la gran ciudad, siguió el paso de unos amigos y se instaló en esta pequeña villa tan pintoresca.
El sentarse en un café en Arles supone el contemplar en trasiego incesante pero no masivo de personajes que pueblan el lugar. Es fácil que a poco que te conozcan te suelten un "Bonjour" o se te acerquen y te lancen los clásicos tres besos  de la zona, empezando siempre por la derecha, como dictan los cánones. Los cafés abren relativamente tarde y cierran, siempre relativamente, temprano. Es una ciudad que parece vivir exclusivamente de día y cuando las luces se van apagando te la deja recogida y en estado latente esperando que llegue mañana. Y así es toda Francia, salvo las grandes ciudades, el llegar a un pueblo de menos de 50000 personas a la caza y captura de costumbras más propias de España, es una pérdida de tiempo. Puedes pensar que el pueblo ha sido abandonado y no queda nadie allí para ti. En realidad, esto no es así, sólo que hay que saber buscar. Pero es verdad que la tan conocida vida de bares de la que disfrutamos no tiene su continuación con nuestros vecinos.
Pero no íbamos solos, además de ir ya prevenidos claro. Así que sabíamos dónde dirigirnos. Llegamos a un bar à vins llamado Chez Arianne. Allí nos esperaban unos amigos que estaban viendo el concierto de un cantautor quebequés, llamado Jean-François Lessard. El chaval era un rubiales espigado y con pinta de empollón despistado, pero con una voz propia de contramaestre de la armada británica, mejor decir del ejército francés, que vociferaba palabras llenas de imágenes y metáforas mientras se contorsionaba de la forma más extraña posible para poder contar su historia. Más que un cantautor, estábamos delante de un cuentista hiperbólico que usaba la música para narras sus "farses" como dicen los quebequeses. Historias de denuncia, irónicas, cínicas a veces simplemente pequeñas, pero desde luego tenía  a su público (a mi) a comer de su mano. Cuando el concierto terminó, los músicos (sólo dos de gira por Europa, David era el otro, pero sé que suele llevar más músicos), empezaron a recoger todo entre la gente que bebía vino y los que intentaban pedir en tan pequeño lugar. Estamos hablando de un restaurante, no la sala Bikini, que no es mucho más grande que el salón de una casa normal. Nosotros nos buscamos un sitio al fondo para comer un poco de tartiflette y mucho queso del lugar, todo eso regado con vino que no es de la zona pero que está muy bien. Así veía como todo el mundo se iba acercando a los dos chicos venidos de Montréal. El poder magnético del músico provocaba una fascinación más que evidente en el sector femenino del respetable. Un chico con pinta de perpetuo peregrino del Camino de Santiago se acercó a JF (el quebequés) y le propone algo. Empiezan a sacar instrumentos, algunos totalmente desconocidos para mí, como esa doble cuchara atada por un cabo que servía de percusión. Y así, de repente, se forma un círculo y empiezan a tocar canciones. Eran temas populares que parecían conocer también mis acompañantes en la mesa, más tarde supe que estaban cantando en occitando la lengua ya en bastante decadencia de la región y que sin embargo cuenta con una historia más que interesante. Aquello era una fiesta, que no desmerecía para nada el concierto que había tenido lugar apenas una hora antes. En un momento dado, ya con cinco o seis músicos en escena, empezaron a cantar otra en occitano, pero ésta yo la conocía. Era el grandísimo tema L'estaca de Lluis Llach. Una obra maestra de la lucha contra las dictaduras que ha sido bien acogida en Francia e Italia. Además, la versión en occitano no resulta difícil entenederla si tenemos en cuenta la familiaridad geográfica y lingüística con las regiones colindantes. Fue un momento increíble, la emoción se notaba en todo el espacio. 


Al día siguiente estuvimos invitados a una cena con estos músicos y con unas chicas que tenían un coro de música polifónica. Ni que decir tiene que la fiesta fue completa. Eso sí el plato del día no podía ser más light, apio, coliflor, zanahoria, rábano y demás maravillas del huerto de la señora de casa, crudo y con una salsa de anchoas para mojar. Y vino, mucho vino. Terminamos contando chistes lo más vulgar posible, así que fue sin duda una noche redonda.

3 comentarios:

José Miguel dijo...

Muy evocadora, Antó, la descripción de tu escena costumbrista, que a modo de naturaleza muerta has esbozado para traernos un reflejo de la vida cotidiana del país de la "Revolución", esto último lo entrecomillo para ponerlo en evidente duda.
Pese a ser sus vecinos cuan distantes somos e nuestra forma de ser, de afrontar las relaciones sociales y de expresarnos. Cierto es que a veces, como me pasó a mí la última vez en Arlés, un españolito de a pie se puede exasperar con la forma de ser francesa, pero he de decirte que tu escena me ha traido mil recuerdos y por qué no decirlo algo de envidia. ¡Me han entrado incluso ganas de mojar apio en Philadelphia!
Espero que tu amigo francés siga igual de bien y que nos veamos todos pronto.

Antò dijo...

Mi querido José Miguel, finalmente te has animado a regalarme un comentario...ya pensaba que no lo ibas a hacer. Y además, ya que tú fuiste la primera persona allá por ...puff...un porrón de años que mostró el camino a seguir con aquel verdadero cuaderno de bitácora. Por supuesto sólo he hablado de los aspectos positivos, podría lanzarme a por los negativos. Y te diré que la primera vez que vi esos bols enormes (IKEA mediante) llenos de verdura me sentí más en el abrevadero de los McKenzie que en una antigua mansión del siglo XVII. Con las salsas que tú sabes hacer, deja el Philadelphia para los principiantes. Y nuestro amigo francés, bueno, ya sabes como va, mejor que nunca...¿pero alguna vez ha estado mal realmente? Un abrazo y nos veremos (unos pocos)muy pronto.

Andrés dijo...

Muy interesante el día y la velada que has contado, debió de ser muy ameno, la estampa despide mucha calidez.

Saludos.